Martes, 21 de septiembre de 2010
Secci?n de relatos de terror Llev?bamos ya buen rato bebiendo vino sin misericordia sentados en una de las bancas de piedra del l?gubre parque. Hac?a bastante tiempo que no nos ve?amos. Re?amos y sosten?amos las t?picas pl?ticas ...

Llev?bamos ya buen rato bebiendo vino sin misericordia sentados en una de las bancas de piedra del l?gubre parque. Hac?a bastante tiempo que no nos ve?amos. Re?amos y sosten?amos las t?picas pl?ticas de borrachos, hasta que aflor? el tema de Gabriel, nuestro amigo muerto. La expresi?n de los tres cambi? y el silencio se apoder? del ambiente por largos segundos hasta que brind? a su salud y propuse la idea de ir a visitarle a lo que Juli?n y Miguel, a pesar de que era ya muy entrada la noche, accedieron.

Nuestros negros abrigos lograban a penas hacernos capear el riguroso fr?o que hac?a a esas horas de la madrugada. Al pasar frente la catedral una bandada de murci?lagos emprendi? el vuelo desde el interior de una de sus altas torres, el batir de sus alas nos hizo abandonar los pensamientos que alberg?bamos. Camin?bamos en silencio, nuestras largas sombras se proyectaron en uno de los muros del antiguo cementerio. Abrimos la pesada reja de hierro, cuyo rechinar quebr? el silencio de la invernal noche y penetramos en el campo de almas. A poco rato de caminar entre ?ngeles de vetusto m?rmol, im?genes sacras y mausoleos, llegamos ante la tumba de nuestro amigo, luego dejamos un par de velas sobre la l?pida y la contemplamos guardando f?nebre. silencio

Las primeras gotas de una lluvia anunciada comenzaron a caer tenuemente y decidimos abandonar el camposanto, la espesa niebla cubr?a como un manto las calles del viejo barrio. Del interior de mi abrigo extraje una botella de vino y beb? torpemente, un hilo carm?n me corri? por la barbilla, le ced? la botella a los muchachos y encend? un cigarrillo. Transit?bamos sobre la l?nea f?rrea, llegando al penumbroso y extens?simo t?nel que conduc?a hacia la estaci?n de trenes abandonada. Juli?n, Miguel y yo nos miramos sin decir palabra. Dentro del t?nel fue donde Gabriel encontr? la muerte bajo las ruedas de un tren de carga a?os atr?s, pero envueltos en los vapores del alcohol y sin pensar en las consecuencias nos adentramos en la profunda oscuridad de su interior.

?bamos casi a mitad de camino, todo era lobreguez absoluta. Durante la totalidad del trayecto al interior del t?nel no paramos de escuchar horribles y fantasmales lamentaciones. De pronto capt? una muy leve vibraci?n de los rieles. ? ?Maldici?n, creo que el tren se acerca! ? anunci? y el temor nos paraliz? por un momento. Caminamos m?s r?pidamente, casi corriendo buscando alcanzar la salida, pero el sonido del pesado andar de la maquina de fierro se o?a ahora cada vez mas cerca y con espanto escuchamos su ensordecedor pitido retumbar fuertemente en las paredes del viejo t?nel. El p?nico se apoder? de Juli?n y Miguel que corrieron despavoridos en sentido contrario, yo corr? buscando alcanzar la salida, pero me detuve al observar con verdadero horror que el tren estaba demasiado cerca alumbrando con su poderoso foco y segando mis ojos acostumbrados ya a la oscuridad del interior.
?Muchachos busquen los salvavidas! alcanc? a gritar angustiosamente. Los salvavidas eran espacios que se situaban cada tanto a ambos lados del estrecho t?nel y en ellos no cab?a m?s que una sola persona. En forma desesperada deslic? mis manos por las h?medas paredes de piedra sin encontrar el maldito espacio, hasta que el tren pas?

Cuando despert? me hallaba tendido a?n dentro del t?nel. Un l?quido viscoso manchaba las v?as, era sangre, pero no la m?a. Trabajosamente me puse de pie, y camin? hacia la salida. Emit? un suspiro de alivio al ver las siluetas de Juli?n y Miguel que se encontraban fuera del t?nel, sanos y salvos. Me acerqu? a ellos, pero guardaban una extra?a expresi?n en el semblante, les acompa?aba otra persona. Mis ojos no dieron cr?dito a lo que observaban. Estaban con Gabriel.
?Gabriel estas vivo! exclam?.
No amigos, dijo Gabriel ? Ustedes est?n muertos.

Carlod B.G

Publicado por snoopy2 @ 16:27  | Grandes Relatos
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